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¿Por qué es importante la perspectiva de género en la terapia?

Alcanzar un equilibrio mental y emocional auténtico y duradero implica reconocer e intentar corregir todos aquellos factores que nos limitan y perjudican, ya sean internos (autoexigencia, distorsiones del pensamiento, baja autoestima) o externos, es decir, el resultado de las condiciones de nuestro entorno socioeconómico y cultural (desigualdad, discriminación, explotación). En realidad la distinción entre factores internos y externos es bastante artificial, pues los últimos suelen ser el origen de los primeros, al internalizarse como propios.

El ambiente en que vivimos determina en gran medida nuestros patrones de conducta (pensamientos, sentimientos y comportamientos). Este proceso de modelaje implica una adaptación al entorno que, ya sea consciente o inconscientemente, todos vivimos en cierta medida como una limitación, una exigencia, e incluso una violencia. Esto nos pasa tanto a hombres como a mujeres, en el pasado y aún en el momento presente, pero es un hecho constatado que históricamente la mujer ha tenido mucha menos libertad para expresar su individualidad y hacer sus propias elecciones. Durante siglos, la mujer ha tenido que acomodarse y resignarse al único rol que socialmente le era permitido, el de madre y esposa, cuyas funciones la dejaban invariablemente confinada a la esfera privada y doméstica. A esto hay que sumar el código moral que hasta hace bien poco regía las supuestas sociedades bienpensantes, estableciendo qué era socialemente aceptable y qué no. En el caso de las mujeres, cualquer tipo de manifestación sexual, agresiva, la actitud competitiva, los movimientos de independencia o el foco en las propias necesidades en lugar de las de los otros, eran socialmente mal vistas y sancionadas, por no hablar ya de lo que suponía el desarrollo de ideas políticas propias, o el desempeño de actividades artísticas e intelectuales.

La situación que acabo de describir, no siendo la peor de todas (pues no estamos hablando de casos explícitos de abuso y maltrato, más frecuentes de lo que creemos) ha generado muchos malestares en las mujeres que tradicionalmente han sido considerados patologías o defectos del sexo femenino y han contribuido a la feminización de la locura. Sólo muy recientemente se ha empezado a considerar que el origen de muchos de estos trastornos puede estar precisamente en la posición de desventaja (con todo lo que esto implica a nivel de represión y anulación) que las mujeres han ocupado a lo largo de la historia.

En el caso de los hombres, la necesidad de amoldarse al rol masculino tradicional ha sido en muchos casos igual de opresor, y ha causado grandes estragos en su salud, como son la mayor incidencia de cardiopatías, alcoholismo o violencia.

Es por esta razón que la perspectiva de género es muy necesaria en psicoterapia, principalmente en el tratamiento de mujeres porque ayuda a despatologizar la experiencia femenina. ¿Cómo? Comprendiendo como el contexto moldea nuestra forma de pensar, sentir y actuar, incluso nuestro sentido del yo; aprendiendo a diferenciar lo que es nuestro de lo que no; desculpabilizándonos; ayudándonos a asumir nuestra responsabilidad; poniendo palabras a lo que no tiene nombre; abrazando nuestra vulnerabilidad y haciéndonos fuertes en ella.

Los términos “psicoterapia con perspectiva de género” o “psicoterapia feminista” producen mucho rechazo porque rápidamente se relacionan con ciertos partidos políticos o posiciones extremas, pero son más que adecuados porque hacen referencia al problema específico y particular de género que tratan, sin por ello negar que existen otros problemas estructurales igualmente importantes (racismo, clasismo, etc).

La psicoterapia con perspectiva de género es, ante todo, un proceso de sanación y transformación que consiste en aprender a vivir en un estado de revisión permanente, lo que implica aprender a sostener un estado de no-saber, tolerando la angustia y la incertidumbre, sin que éstas nos paralicen. Es obvio que esto es todo lo contrario a una ideología, que por definición no acepta ambigüedad ni contradicciones.

Además, en la psicoterapia feminista, al igual que en el psicoanálisis relacional que practico, el paradigma de la relación es de mutualidad, frente al más tradicional de complementariedad. Esto significa que en la relación terapeuta-paciente se desdibujan los límites entre el que sabe y el que no sabe; entre el sano y el enfermo; implica que se tiene muy en cuenta la subjetividad del otro; y que el proceso se concibe como una cocreación entre ambas partes. Es, por así decir, una relación más democrática e igualitaria, pues en muchos casos eso mismo es parte de lo que ha faltado, siendo vital proporcionar esa vivencia como uno de los varios aprendizajes que supone la terapia.

Referencias:

Fornet, M. (2018): Feminismo terapéutico. Madrid. Ediciones Urano.