Existe gente que nunca pasa por una depresión propiamente dicha, esas que le obligan a uno a detener durante un tiempo los quehaceres de su día a día: el trabajo, las actividades de ocio, la vida social, a veces hasta las rutinas más básicas como el aseo o la alimentación. Y sin embargo, algunas de estas personas viven de forma permanente en un estado de tristeza y frustración, en un substrato de depresividad que configura lo que se denomina una personalidad depresiva.
Es importante diferenciar entre depresión y depresividad, pues son experiencias diferentes.
En la depresión hay siempre una pérdida (real o simbólica), mientras que en la depresividad lo que prevalece es una ausencia, la imposibilidad de concretizar un deseo o fantasía, dando lugar a una enorme frustración e insatisfacción. Los deseos y fantasías no surgen de la nada, son fruto de la dinámica relacional que la persona estableció con sus figuras cuidadoras, entre los 6 meses y los 2 años de edad, normalmente los padres. Nuestras primeras formas de vinculación son el modelo de todas las demás.
La depresión se suele caracterizar por ser culposa. Es verdad que la pérdida que la desencadena produce, a su vez, una pérdida narcísica (de algo que se siente como una parte de uno mismo), pero principalmente lo que genera son sentimientos de culpa, por la existencia de sentimientos ambivalentes en relación a aquello que se ha perdido (persona o proyecto). Por ejemplo, si la relación con la persona perdida era muy conflictiva (no solo en su apariencia externa sino en sentimientos), es posible que el duelo se complique. Cuanta más hostilidad se siente hacia lo perdido, mayor la probabilidad de que el luto se vuelva patológico.
En la depresividad lo que predomina no es tanto la culpa como el sentimiento de inferioridad. Más que una pérdida, lo que hay es una falta, una carencia afectiva que se manifiesta en personas que sienten que no han tenido suficiente porque su medio social ha sido fuente de privaciones, frustraciones e inhibiciones. Estas privaciones y frustraciones han sido internalizas de tal manera que, incluso cuando ya no están presentes, la persona se mantiene en el mismo estado de carencia, en el mismo modo de funcionamiento que no le permite conectar, nombrar, o ir detrás de sus deseos y necesidades.
Tanto en la depresión como en la depresividad la psicoterapia puede ayudar a elaborar los conflictos subyacentes; reconocer las dinámicas internas que determinan los modelos de relación; identificar las necesidades y deseos genuinos; encontrar placer en el desarrollo de los planes y proyectos propios; a veces incluso a reparar las relaciones con figuras patogénicas.
Por último, es muy importante tener en cuenta que la tristeza, como la ansiedad, es un afecto que, por un lado, está presente en todos los cuadros psicopatológicos y, por otro, no siempre es señal de trastorno, al formar parte del espectro de emociones de cualquier vida humana. Los criterios para determinar cuándo sería recomensable buscar ayuda son: su intensidad (nuestro grado de sufrimiento), la persistencia (si se prolonga en el tiempo) y el grado de incapacitación (si nos impide llevar nuestra vida de siempre).
Referencias:
Coimbra de Matos, A. (2001): A Depressão. Lisboa. Climepsi Editores.